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JAIME DESPREE La vanidad mueve la Historia Los sistemas sociales Estimado lector/a, si te gustan estos primeros capítulos, puedes leer ahora mismo el resto bajando el ebook en Amazon. ¡Gracias! 221 páginas | eBook: 3,99 € | Libro: 9,99 €

PRÓLOGO Este ensayo es el resultado de aplicar mi propio método desarrollado en mi anterior trabajo «Nuevo método para un nuevo discurso». En el título he parafraseado a Descartes con la imperdonable vanidad de que mi método sirviera de referencia para una «nueva modernidad», basada también en un método filosófico. Obviamente se trata de una injustificada pretensión, pues las cosas ya no funcionan como en tiempos de Descartes. No sólo ninguna Iglesia, monarca, Estado o gobierno (al menos en Occidente) condena y persigue el racionalismo, sino que después de que fueran aceptadas las teorías inapelables de Darwin sobre el origen del hombre y las de Eisntein sobre el universo, para la gran mayoría de los individuos la nueva modernidad ya no parece que sea una cuestión propia de la filosofía, sino de la nueva ciencia experimental y su flamante y extraordinaria tecnología. Pero lo cierto es que la ciencia y la filosofía siempre han caminado de la mano, como podemos comprobar en el título de la obra fundamental de Isaac Newton:

«Principios matemáticos de la filosofía natural». Newton utiliza el concepto «filosofía natural» como sinónimo de «entendimiento» de la naturaleza. En efecto, la filosofía debe ser la «ciencia del entendimiento», pues se basa en el entendimiento de las causas probables de acuerdo a hipótesis razonables. El científico primero razona lo que es probable y después lo prueba con la experiencia. Por tanto, en toda investigación científica la razón debe preceder siempre a la experiencia. En el caso de este ensayo, la filosofía precede a la historia, de manera que primero trato de entender el ser humano y después contrasto ese entendimiento con la experiencia de su historia. Por esa razón lo fundamental de este libro no es tanto la exposición de los hechos históricos en sí, sino sus causas, de manera que quede claro que es el trabajo de un filósofo y no de un historiador. He dicho «filósofo» como si me estuviera refiriendo a mí mismo como una persona fuera de lo común, pero lo cierto es que de alguna manera todos somos filósofos, pues todos tratamos de entender las causas de lo que sentimos o imaginamos con el fin de poner orden en nuestras pensamientos, pero ello no es motivo como para que vayamos por ahí presumiendo de ser «filósofos».

Lo que diferencia a unos filósofos de otros no es la capacidad para entender, que es común en todas las personas, sino la amplitud de lo que pretendemos entender y el deseo de hacer públicas nuestras conclusiones. El hacernos merecedores de ser considerados como «filósofos destacados» dependerá del interés social de nuestras conclusiones. Por otro lado, puesto que como decía la filosofía debe ser la ciencia del entendimiento, no debe limitarse a entender tan solo aquello que es lógico y razonable, sino también lo que no es lógico ni razonable; es decir, lo irracional que hay en el comportamiento del ser humano, como es la fe en su capacidad de crear aquello que imagina. Pues ¿cómo podríamos crear sin prever aquello en lo que creemos? Pero al mismo tiempo los filósofos no podemos negar la necesidad de la experimentación como causa de todo «conocimiento», puesto que a través de la filosofía tan solo se alcanza el entendimiento de las causas de las cosas, pero el conocimiento de la naturaleza de las cosas mismas. Por esa razón, el fin último de la filosofía, que es la de desvelar la causa razonable de las cosas, pede llegar a contradecirse con la práctica democrática, que acepta que la convivencia pacífica y ordenada consiste en la legitimidad de lo irracional que hay en las creencias del ser humano, cuando la filosofía persigue todo lo contrario:

la convivencia basada en un orden razonable; es decir, lo que bien podríamos llamar la «dictadura de las ideas lógicas y razonables», que en su versión histórica sería la «República ideal» de Platón, lo que nos parecería intolerable por antidemocrático. La «verdad absoluta» que busca la filosofía es simplemente inadmisible para la peculiar mente del ser humano, que no sólo se apercibe de las cosas con la conciencia, la vía propia de la filosofía, sino con la imaginación y la sensación; en otras palabras, para ser humanos necesitamos pensar, imaginar y sentir casi al mismo tiempo, y la filosofía se ocupa sobre todo del «hombre que piensa», pero no del que imagina o siente. Pero la realidad que circunda al hombre que piensa, o su «circunstancia», es desproporcionalmente inmensa para su también inmensa pequeñez dentro del universo, y su mente razonable y lógica no puede contestar a todo cuanto se pregunta. El padre de la filosofía, Thales de Mileto, se cayó a un pozo mientras paseaba meditando en torno al universo, y tuvo que ser una modesta sirvienta quien le recordara que la realidad no sólo estaba en las estrellas sino en los pozos del camino. No solo eso, sino que muy pronto el hombre que piensa se tropezó también contra las limitaciones de su propia naturaleza,

y desconcertado descubrió que después de todo final siempre había un principio; es decir, pronto fue consciente de la dualidad de la naturaleza de la que, aún a su pesar, formaba parte. Ante este descubrimiento perfectamente razonable pero inconcebible, el de la infinitud y de la eternidad, no tuvo más remedio que «imaginar» algo capaz de superar esta fatalidad, en su desesperada búsqueda de lo único y lo absoluto, a lo que llamó «Dios». Idea que existe en todas las culturas y lenguas del planeta, pues en todas ellas el hombre que piensa alcanza las mismas «razonables» conclusiones. Por otro lado, y volviendo a la anécdota de Thales, el hombre que piensa debe de ocuparse del hombre que siente, y satisfacer sus necesidades naturales, no sólo para dar satisfacción a sus deseos, sino para defenderse y asegurar su descendencia. Poniendo orden en todas estas evidencias llegué a la conclusión obvia de que la «realidad» no sólo la puede interpretar el hombre que piensa, es decir, el filósofo, sino también el que imagina o el religioso, y el que siente o el científico. En otras palabras, el ser humano se organiza en torno a tres sistemas simultáneos y paralelos, y que no llegan a converger nunca:

el filosófico, fruto de lo que piensa; el religioso, fruto de lo que cree y el económico, fruto de lo que siente. Este ensayo interpreta la historia del ser humano como el resultado del enfrentamiento entre estas tres percepciones de la realidad, pues sólo en nuestros días, y en las sociedades más avanzadas, han dejado de combatirse enconadamente gracias a la plena aceptación de la democracia y el Estado social y de Derecho. Este no ha sido un logro exclusivo del hombre que piensa, sino también del que «ora et labora», o del creyente y del trabajador; en otras palabras, de la religión y de la economía, pues ambos han aceptado de buen grado los principios democráticos y de respeto mutuo, que, pese a que pueda parecer una contradicción, han sido pensados por los filósofos. Por esta razón una sociedad productiva, de derecho y libre debe mantener necesariamente un equilibrio entre las ideas filosóficas o políticas, la economía y la religión, que expresado en términos históricos no son sino los principios de la Revolución francesa: «Liberté, Égalité et Fraternité». Cualquier desequilibrio es contrario a la realidad según la percibe el ser humano.

El dominio de la economía lleva al «materialismo», sin ideales ni moralidad, y concluye en una sociedad dominada por la tecnología; el domino de la política lleva al «idealismo», sin libertad ni moralidad, y concluye en dictadura, incluso si es «razonable»; por último el dominio de la religión lleva al «espiritualismo», con la merma de la productividad y de la libertad y concluye inevitablemente en fanatismo teocrático.