INTRODUCCIÓN Estimado lector/a, este no es sólo un ensayo de crítica literaria, sino también es un panegírico en memoria de una bella dama, que hasta mediados del siglo pasado había gozado de una excelente salud, pero que empezó a quebrantarse después de la muerte, en la mediterránea localidad francesa de Collioure, de uno de sus últimos amantes. Sobrevivió nuestra guerra civil con algunos achaques, pero cuando se instauró la cuartelaria dictadura del súper general Franco, sus censores, que fueron elegidos por méritos de guerra y por su total adhesión a la total ausencia de ideas de su caudillo (el régimen era totalitario en todos sentidos), fue acusada de roja por sus amorosas relaciones con masones, judíos y comunistas. Fue juzgada y declarada culpable sin apelación y encarcelada en el Castillo de Montjuich de la liberal Ciudad Condal de entonces, con la sentencia de cadena

perpetua. Allí permaneció recluida hasta que por mediación de algunos latinoamericanos, que no la habían olvidado, consiguieron su excarcelación para pasar sus últimos años en una residencia de la cuarta edad. Allí la visitaron un grupo de jóvenes escritores barceloneses, o residentes en Barcelona, que habían oído hablar de ella y de su marchita belleza, pero debieron encontrarla irreconocible y demasiado anciana para que les sedujera con sus fenecidos encantos y prefirieron adorar a un becerro de oro. Lo que causó su muerte fue el título de una novela galardonada con el Premio Planeta de 1976, del recientemente fallecido, Juan Marsé, por lo que merece todos mis respetos y no voy a sacar más conclusiones sobre este lamentable episodio.

Supongo que ya han adivinado que me refiero a la literatura nacional y a la novela “La muchacha de las bragas de oro”, que la fulminó.

¿Por qué sitúo la muerte de la novela nacional en Barcelona? Porque fue en esta entrañable ciudad, (allí conocí a la mujer que fue mi mejor amiga, compañera y amante, y que justifica toda mi azarosa existencia), donde se gestó la debacle actual, justo cuando Gabriel García Márquez la abandonase, después de ocho creativos y productivos años de estancia. Allí se gestó una literatura despojada de los valores tradicionales heredados de nuestro irrepetible Siglo de Oro. La guerra civil había forzado al exilio lo más granado de la literatura española, quienes, a pesar de expresarse en un lenguaje y unas técnicas narrativas vanguardistas, no abandonaron la tradición de literatura culta del Siglo de Oro. Eso sucedería tras la muerte de nuestra ilustre dama.

Para comprender las motivaciones de estos jóvenes autores barceloneses, que rechazaron nuestra tradición, nada mejor que citar el primer párrafo de la novela “Las inquietudes de Shanti Andía”, del elegante, culto y sensible, Don Pio Baroja, que hoy duerme en el olvido, al igual que sus colegas de la anterior brillante generación de narradores y poetas, testigos de la liquidación de nuestro mal ganado imperio, la Generación del 98. “Las condiciones en que se desliza la vida actual hacen a la mayoría de la gente opaca y sin interés. Hoy, a casi nadie le ocurre algo digno de ser contado. La generalidad de los hombres nadamos en el océano de la vulgaridad. Ni nuestros amores, ni nuestras aventuras, ni nuestros pensamientos tienen bastante interés para ser comunicados a los demás, a no ser que se exageren y se transformen. La sociedad va uniformando la vida, las ideas, las aspiraciones de todos.”

Esto lo escribió Don Pio hace más de 100 años, ¿qué ha sido de nosotros durante todo este tiempo? Lo que se veía venir: que la sociedad española había dejado de ser “novelable”. Pero estos jóvenes autores se empeñaron en crear un estilo basado en unas vivencias sociales y culturales vacías de valores artísticos, una narrativa que resultó tener las misma sustancia del ambiente donde había nacido: sin imaginación y sin belleza. Así surgirán personajes como “Pijoaparte”, “Benito Buroy”, “Delley”, “Dorotea”, y otros muchos con el mismo estilo y vulgaridad. No obstante, contaron con la incomprensible aprobación de ciertas editoriales y una amplia comunidad de lectores asiduos e incondicionales, unidos en la misma incultura literaria y artística en general. No solo se había degradado la novela, sino la cultura social en general. Naturalmente que en toda regla siempre hay excepciones.

La dictadura agravó todavía más lo que ya predijo Don Pío, y de ese estado de cosas todavía no nos hemos recuperado, antes bien, desde que somos oficialmente demócratas, ha empeorado, a juzgar por el éxito de novelas que muy bien pueden calificarse de “incultas”, como se puede apreciar en este breve extracto de la novela de Lucía Etxebarría, “...la luz de donde el sol la toma!”, lanzada al estrellato, que toman la luz de no se sabe dónde, por la maquinaria mediática del Premio Planeta de 2004. Sin lugar a dudas que esta editorial, junto con Destino, son los grandes responsables de la proliferación de esta literatura insípida, inculta, descuidada, tópica, estereotipada, desmotivada y aún podría añadir una docena más de adjetivos del rico acervo literario del castellano y me quedaría corto. En el epígrafe de este ensayo aportaré las pruebas de esta grave acusación.

Y hablando de acusaciones, es natural que se pregunten: ¿quién es este desconocido que se atreve a poner en entredicho la literatura nacional? Naturalmente que tienen derecho a hacerse esa pregunta, por lo que creo que debo hablar sobre mis credenciales literarias para tan ambicioso propósito. Sobre mí

Nunca, en la historia cultural de nuestro país, había caído la calidad de la literatura a niveles tan bajos como en este principio de siglo, y no hay ningún intelectual, escritor o docente prominente que lo haya denunciado. Personalmente estoy perplejo ante este incomprensible silencio, porque la situación es alarmante y yo no soy la persona más idónea para denunciarlo, porque me considero un modesto escritor con una insuficiente cualificación para afrontar la crítica de esta envergadura. Pero ante la pasividad (o inexistentes) críticos independientes me encuentro ante dilema de afrontarlo yo mismo y asumir las posibles críticas por parte de los afectados. Por si todavía no tiene una opinión formada sobre el lamentable estado de la literatura actual, antes de iniciar este penoso trabajo, les citaré dos inadmisibles párrafos como literatura, de dos autores galardonados con los premios Nadal y Planeta: Juan José Millás, Lucía Etxebarría.

Espero que tras su lectura se justifiquen las duras criticas que me veré obligado a escribir sobre estos autores. En mi opinión Juan José Millás supera a todos los demás, como quedará sobradamente probado en uno de los primeros párrafos de su novela, galardonada con el Premio Nadal en 1999: “La soledad era eso”. «Elena estaba depilándose las piernas en el cuarto de baño cuando sonó el teléfono y le comunicaron que su madre acababa de morir. Miró el reloj instintivamente y procuró retener la hora en la cabeza; las seis y media de la tarde. Aunque los días habían comenzado a alargar, era casi de noche por efecto de unas nubes que desde el mediodía se habían ido colocando en forma de techo sobre la ciudad. La mejor hora de la tarde para irse de este mundo, pensó cogida al teléfono mientras escuchaba a su marido que, desde el otro lado de la línea, intentaba resultar eficaz

y cariñoso al mismo tiempo.»

En este párrafo no hay ni una linea que no incurra en alguna incongruencia o ausencia de los valores que definen la literatura. 1. El escenario: «Elena estaba depilándose las piernas en el cuarto de baño”. ¿Por qué Millás elige un escenario tan personal y poco literario y con una actividad tan desagradable como el depilado. ¿Tiene alguna clave oculta? No, simplemeente el escenario carece de su de interés. Lo mismo le da que esté en el baño, como comiéndose una pizza en una franquicia de moda. Millás tiene la idea de una historia con un determinado desenlace, y escribe unas cuantas páginas de relleno para llegar cuantos antes a ese argumento, que apreciarán sus lectores, el resto carece de importancia para él. 2. Insensibilidad. Millás no solo carece de sentido de la estética, sino también de la ética, y es difícil ser escritor sin una determinada ética. ¿Qué puede pensar el

lector de esta mujer que sabe que su madre debe estar agonizando en algún hospital y prefiere depilarse las piernas en lugar de estar al pie de la cama de su moribunda made. Estoy seguro que Millás no tuvo en consideración este inhumano comportamiento de su heroína de la novela. 3. Incongruencia! “Miró el reloj instintivamente y procuró retener la hora en la cabeza; las seis y media de la tarde…. La mejor hora de la tarde para irse de este mundo.” En este increíble pasaje, la insensible protagonista demuestra ser una mujer que sin sentimientos, el autor no solo no nos dice si siente o no la muerte de su madre, sino que hace un quiebro para informarnos del tiempo y que las nubles se han colocado como un techo sobre la ciudad. Ni una palabra sobre la muerte de la madre, que ha fallecido a la hora mas conveniente!