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INTRODUCCIÓN

El escandaloso Premio Planeta

Los españoles siempre hemos tenido la tendencia a evadirnos de la realidad y vivir en mundos ilusorios. Esto nos hace ser fantasiosos y exagerados. Hay dos ejemplos espléndidos de este anormal comportamiento: somos el país que más gasta en fichajes de deportistas y el que más dinero otorga en un premio literario, si exceptuamos el premio Nobel. Por su modesta posición entre los países desarrollados, no le corresponden estas generosas exageraciones.

El premio Planeta es una anomalía, que solo se justifica por esta anormal tendencia a la fantasía y la exageración nacional. Pero, de la misma manera que los grandes clubs de fútbol han aprendido a rentabilizar sus astronómicas inversiones, la editorial Planeta ha dado con el perfil idóneo de los lectores para conseguir que el premio sea rentable.

No son los adultos, padres de familia, agobiados por deudas y las complicaciones familiares. Tampoco son los mayores, porque, además de perder el hábito de la lectura, tienen la vista cansada y les resulta penosa la lectura, excepto la de los pies de las fotos de las revistas de chismes que compran ellas y de los periódicos amarillos (ya casi todos son amarillos) que compran ellos. Mucho menos los estudiantes, que se gastan el poco dinero que tienen en botellones.

Por lo que llegan a la obvia conclusión de que los que compran sus libros son jóvenes entre 25 y 35 años, solteros, tal vez con compromiso, pero van por libre, con aceptables empleos que les permiten disponer de algunos euros para malgastarlos en los premios Planeta o Nadal, a condición de que les distraigan de su aburrimiento en su tiempo libre, porque en su mayoría hacen jornada inglesa.

Todos ellos disponen de una extensa y variada colección de tarjetas de crédito y son asiduos compradores de las tiendas y las librerías online. En la mayoría de los casos son compradores compulsivos, porque comprar es su principal aliciente para justificar su presencia en este mundo.

¿Y qué les gusta leer a estos jóvenes? Desde luego que no leen las Églogas de Garcilaso, o la Divina Comedia, ni Cortadillo y Rinconete, o El elogio de la locura, ni siquiera pueden soportar las novelas de Tolstoi, Víctor Hugo, Unamuno o Pio Baroja.

Estos lectores se han iniciado en la lectura de ocio de la mano de editoriales como Planeta o Nadal, y no conocen otra literatura que la de sus autores. Han ajustado su sensibilidad literaria a la de ellos; o lo que es lo mismo, se han habituado de tal manera a esta literatura que admiten toda clase de abruptos, vulgaridad del lenguaje, oraciones sin sentido, adjetivos incalificables, descripciones incomprensibles, situaciones absurdas, diálogos insípidos, argumentos amanidos, expresiones soeces, escenas pornográficas, personajes imposibles, violencias irracionales y gratuitas, y toda una colección de horrores literarios que ya son incapaces de distinguir lo que es y no es literatura. De estos lectores han surgido muchos nuevos autores, y, como es de esperar, repiten los mismos horrores literarios que sus mentores. De esta manera hemos llegado a esta tragedia nacional, como es la irreparable pérdida del gusto por la buena literatura.

Pero esta no ha sido la única pérdida, también hemos perdido el interés por la novela social y comprometida; la novela testimonio, como “Los miserables”, “Madamme Bobary”, “Niebla”, “Resurrección” o, incluso, “El Quijote”, porque estos lectores y autores no encuentran motivos de queja ni nada que reivindicar, porque ellos reciben cada mes una nómina que les permite dilapidar una considerable cantidad de dinero en el fomento de esta clase de literatura, que si somos rigurosos con el lenguaje y sus significados, bien podemos llamar “literatura basura”, o para hacerlo mas concreto, “basuratura”.

Ellos creen que el mundo está bien como está, y también la novela está bien como está. Por tanto, que no les vengan con historias que les hagan pensar; que hablen de pobreza, marginación, corrupción, soledad o depresión. Prefieren historias que no tengan ni la más remota vinculación con la realidad actual, sus injusticias, sus desigualdades sociales, su desprecio por la virtud, la belleza y la generosidad. Novelas con historias que hayan sucedido muchos siglos atrás, mucho antes de la revolución copernicana, el discurso racionalista cartesiano, y, por supuesto, del pensamiento ilustrado, antecedente de nuestra cultura social actual. No, ellos solo están interesados en historias que no sobrepasen el siglo XIII, o como máximo el XIV. Pero sus favoritos son los siglos IX, X y XI, los de mayor oscurantismo y violencia confesional.

Si hablamos de la antigüedad, les deleitan los sanguinarios reinados de Nerón o Calígula, pero no saben quién fue Pericles. Si les dan a elegir entre historias sobre Jesús o Judas, no tienen la menor duda en elegir las de Judas. Sus mitos literarios son sin duda Umberto Eco, padre de la saga medievalista, Ken Follet o Dan Brown. En cuanto a los escenarios, sin duda que Roma, y en especial el Vaticano, son sus predilectos. La democrática Atenas o la sabia Alejandría no están entre sus favoritas.

Pero la realidad es que no saben lo que les gusta hasta no verlo anunciado o publicitado y jaleado por los críticos de los medios que forman parte de esta confabulación contra la literatura. Que hace tiempo que ejercen de halagadores en lugar de críticos. ¿Pero cómo se puede escribir criticas honestas e independientes en suplementos culturales vendidos a las editoriales?

Indiscutiblemente el plan de marketing decidido es un éxito comercial y un fracaso de la dignidad del autor premiado, la literatura y de la novela en particular.

Estos escritores no son conscientes de su responsabilidad y la influencia de sus obras en el comportamiento social. Todos esos remilgados perjuicios morales, afortunadamente para los balances de estas editoriales, ya no existen. Sus autores pueden escribir lo que les venga en gana y como les dé la real gana.

A los autores que somos conscientes de este drama, solo nos queda escribir un emotivo panegírico para que quede algo en la memoria colectiva, por si algún día resurgiese la literatura de creación en nuestro país.

¿Cómo se cuece un premio literario en el que siempre gana el elegido por la editorial?

Cada año cientos de escritores, y por diversas razones, envían sus manuscritos a los premios Planeta y Nadal. Algunos son jóvenes autores que se conformarían con ser finalistas para poder iniciar así sus respectivas carreras, por la impresionante cobertura mediática de estos dos premios. Otros por la codiciada de la exorbitante cuantía de la dotación, en particular el Planeta. Otros por la simple razón de competir con otros escritores y demostrarse a sí mismos que han escrito una buena novela, que merece el preciado galardón, y puede que sea verdad. Pero esa no es una razón suficiente para ser los ganadores, porque las cosas en estos premios no funcionan con esa lógica, es decir, con la lógica de que gane el mejor.

Se han contado muchas anécdotas sobre la manipulación de los premios, como la invitación de Soledad Puértolas, ganadora del Planeta de 1989, a la gala de entrega del premio, cuando había presentado su novela (de la que hablaremos en las críticas) bajo seudónimo. O la propuesta a Ernesto Sabato, para que se , con la garantía de que sería el ganador, etc. Pero entonces ¿cuál es la estrategia de estas editoriales para que gane el que ellos han elegido sin influir directamente en el jurado? La respuesta nos la dio Juan Marsé, en la concesión del premio de 2004 a la escritora mallorquina María de la Pau Janer. Eran tan malos los manuscritos de los finalistas que Marsé pidió que le enseñaran los manuscritos de los que no habían sido seleccionados, porque no podía creer que no hubiera ni siquiera uno de mejor calidad. Pero su razonable petición, como era de esperar, fue denegada y Marsé no quiso ser cómplice de aquel novelicidio y armó el gran escándalo al dimitir del jurado días antes de la entrega del premio.

Pues bien, atando cabos y con un poco de perspicacia y conocimiento de la mentalidad mercantilista y antiliteraria de los ejecutivos, creo que tengo la respuesta. Veamos.

La primera deducción es que estamos hablando de un negocio en que se invierte una suma cercana al millón de euros y, como es de lógica comercial, es necesario asegurarse de que se recuperará lo invertido con un razonable beneficio. Por tanto, no se puede dejar el asunto en manos de un jurado que no se juega nada, sea cual sea el premiado, antes bien, se trata para ellos de un juego.

Lo primero es elegir un autor de la casa, que no sea conflictivo, como Juan Marsé, y se adapte dócilmente a lo que le ordenen, cuyo historial y popularidad, más la gigantesca cobertura mediática y un agotador programa de apariciones en televisión, entrevistas y coloquios, garantice la venta de al menos, cien mil ejemplares. Si no está entre los autores que han enviado su manuscrito, se le busca y se le invita a participar, asegurándole que, si no es el ganador será el finalista. Lo lógico es que esta delicada gestión no se haga directamente con el autor, sino a través de su agente, que tendrá menos escrúpulos y más facilidad para convencer al autor señalado por la editorial.

Una vez que se decide el ganador, ahora es preciso que sea elegido por un jurado compuesto por otros premios anteriores, es decir, escritores mediocres y sin un criterio elevado de lo que es literatura y lo que no. El método es simple: seleccionar los ocho peores manuscritos como finalistas, de manera que por muy poca sensibilidad literaria que tenga el jurado, no les que más opción que elegir los seleccionados por la editorial, porque son los menos malos de los finalistas. ¡Por eso Juan Marsé no se explicaba por qué los manuscritos de los finalistas eran tan malos!

Esto sucedía en eL 2004, pero con el espectacular aumento de la cuantía del premio, aumenta también las garantías de que se premiarán los marcados por la editorial. En cuanto a los finalistas utilizados como relleno, la editorial, una vez consumado el premio, dejará de estar interesada por ellos, y ni siquiera les publicará sus novelas.

Es posible que no se manipulen los dos premios como lo he descrito, pero, salvo honrosas excepciones que confirma la regla, el resultado es el mismo: ¡literatura basura!

 

En Berlín, un 15 de octubre de 2018, día de la concesión de un nuevo Premio Planeta; es decir, un luctuoso día para la literatura nacional.

 

 

SALIR

Los enemigos de Cervantes
225 PAGINAS
KINDLE 0.00
TAPA BLANDA 9.99

Esta extensa novela narra la historia de dos humildes campesinos, Inés y Andrés, que vivirán los turbulentos años de la II República hasta los primeros meses de nuestra guerra civil. Durante su adolescencia, ambos creen haber nacido el uno para el otro, pero las circunstancias personales, los avatares de la experiencia republicana y, finalmente, la guerra civil cambiarán dramáticamente sus ingenuas ilusiones. La acción de la novela transcurre entre la proclamación de la II República hasta los primeros meses de la guerra civil (los lectores tendrán un amplio conocimiento de todos los sucesos que llevaron a la guerra civil), cuando los españoles de ambos bandos asumen que no se trata de un golpe de estado, sino de una cruel y despiadada guerra civil, en la que ambos bandos llegan a la dramática conclusión de que la paz solo será posible si media España extermina a la otra media.

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